Labrar memorias: La faja del señor de lázaro en Oaxaca

María del Carmen Castillo Cisneros

15 September 2018

Una faja tejida en 1863 que pertenece a la Iglesia de San Francisco Tutla, busca ser replicada. Eustacia Antonio Mendoza, mujer zapoteca oriunda de Santo Tomás Jalieza cumple, a finales de 2017, con dicha misión. En el proceso, no solo se recupera el diseño de una greca olvidada, sino memorias identitarias de dos pueblos oaxaqueños. Esta, es una aproximación a la historia de la faja del Señor de Lázaro, una tira tejida en telar de cintura que relata fragmentos de los tejedores de Jalieza y los devotos de Tutla. Un objeto, de entre tantos, con gran contenido que contar.

Abigail Mendoza ató por vez primera mi cintura a un telar y de ahí, a una de las columnas del Museo Textil en la ciudad de Oaxaca. Desde entonces, mi ombligo quedó ligado con hilos magenta a la cantera del estado y ella, se convirtió en mi maestra. Su destreza para tejer otros mundos posibles sobre pequeños lienzos es la constatación de la existencia de diversas formas de estar que conviven, unas con otras, en un país pluricultural como México.  Años después, Abigail me contaría brevemente que su madre había replicado una faja antigua recuperando con ello un patrón gráfico que, en Jalieza, se había olvidado. Su acercamiento, con la esperanza de documentar el suceso y dar cuenta de la identidad textil que su pueblo mantiene desde hace cientos de años, es el móvil de la pequeña pesquisa etnográfica que aquí muestro.

Sin lugar a dudas, los textiles resguardan conocimientos; muchos evidentes y otros tantos escondidos en la profundidad de tramas y urdimbres entrelazadas. Este espacio nos permite acercarnos, a través de lo que cuentan quienes los crean, a una historia que comienza a tejerse. Para ello, hablaré de las mujeres Mendoza, el pueblo donde viven, su taller y labor como artesanas. En un segundo momento introduciré brevemente algunas referencias al Cristo de Lázaro en Tutla, para después atar ambas en un tercer escenario que introduce nuestro objeto cultural: la faja.  Posteriormente, repararé en la piedra de la letra para abrir cuestionamientos sobre materialidad, memoria, e identidades culturales.

Desde mi oficio como antropóloga interesada en las expresiones y dinámicas textiles de los pueblos oaxaqueños, es tarea obligada apuntar las influencias y confluencias que nos otorgan sucesos socioculturales como este, ya que constituyen reflejos de memorias culturales que se escriben en la contemporaneidad como evidencia de relaciones constantes entre tradición y modernidad.

Las Mendoza: artesanas de Jalieza

Es mediodía, el sol cae sobre el patio de la familia Mendoza, Eustacia o Doña Tacha, como la llaman de cariño, tumbada sobre una jerga teje una cinta que será el diseño aplicado a la camisa de su nieto. Entre juegos de peine, yugo, lanzadera, machete e hilos, avanza con la destreza que solo alguien que teje el labrado de urdimbre, desde los seis años, puede tener. Del otro lado, Verónica, su hija más joven, no da tregua al pedal de la máquina de coser y Abigail acerca un banco de madera para unirse a la plática mientras su larga cabellera negra continúa secándose al fresco. Todas las Mendoza, hijas de Doña Tacha, tejen. Cada una tiene una especialidad y entre todas sacan el trabajo familiar del taller. El padre también tejía y la tía paterna llamada María, que vive con ellos, es una auténtica autoridad del telar. María y Tacha, como las más experimentadas, son los referentes que se apegan más a lo tradicional, siguiendo la conocida cuenta de 21 hilos en sus creaciones. Abigail, que también es una consagrada en su oficio, teje piezas muy finas y delgadas que permiten tener en una pulsera la entereza de una leyenda. Noemí y Eva lo hacen de igual manera y Verónica, que también sabe tejer, diseña y cose. Todas dominan las cuentas tradicionales de 5, 11, 21, 25 y 45 hilos, pero también van innovando en sus creaciones y asumiendo particulares labores.

Todas viven en Santo Tomás Jalieza, una localidad a 25 km. de la capital del estado, perteneciente al distrito de Ocotlán, región de Valles Centrales en Oaxaca. Aunque reconocido por ser un pueblo de tejedores, su nombre, Jalieza, parece derivar del zapoteco xana (abajo) y lieza (iglesia) significando “debajo de la iglesia” o también, de acuerdo a otras versiones podría significar “jalar la tierra”. Independientemente de ello, lo cierto es que la vida actual del pueblo transcurre en patios y corredores donde mujeres y hombres de distintas edades atan sus torsos a telares y columnas para crear delicadas piezas llenas de color y encanto que conforman una artesanía textil que los distingue de otros pueblos.

Doña Tacha recuerda entre risas, los coscorrones que le daba su madre si no lograba sacar bien el tejido. Recalca que, cuando alguien comienza a tejer, lo importante es hacer un diseño muy sencillo mientras se pone especial atención en que la orilla quede bien recta. Ahí se empieza a dominar el arte y la técnica conocida como labrado de urdimbre.

Es así que, desde muy temprana edad, tendida sobre el suelo, sin matemática que guíe sus diseños, sin dibujar en papel, solo contando hilos y experimentando, Tacha labra en hilos haciendo que imágenes pensadas salgan a superficie y significados variados queden inmortalizados. Todas sus hijas aprendieron muy pronto el oficio y Verónica, la menor, comenzó a los cuatro años copiando a sus hermanas.  Por ello, la manera en que estas mujeres se relacionan con el telar es tan vital y cercana.

En palabras de Abigail: “el telar es parte de ti; te dejas en él, ahí quedan tus sentimientos; queda plasmada la forma en que te encuentras en cierto momento. También dejas tu vista, tus pulmones, tus músculos. Podemos notar el ánimo que tenía la persona que hizo un textil por la forma en que está elaborado y por los colores empleados.”

Es evidente que en los telares se plasman memorias, momentos de la vida. Ahí quedan impresos el color y las iconografías elegidas, los pensamientos, lo imaginado y sus riesgos. Cuando no es por encargo, tejer se vuelve un acto creativo, personal y único. Las Mendoza aseguran que es algo que las relaja cuando se hace por gusto, cuando es algo suyo. Tejer es por mucho, la actividad favorita de Tacha, lo prefiere frente a cualquier otra cosa. Aguanta mucho tiempo tejiendo en la misma postura y puede al mismo tiempo, estar pendiente de todo lo que acontece en el patio familiar. En Abigail, vemos todo lo contrario, prefiere tejer sentada en una silla y resulta mucho mejor su trabajo cuando es bajo presión. Ello deja claro que, cada artesana, como ellas prefieren llamarse, es diferente, como también distintas son las relaciones que establecen con sus telares.

A veces, Tacha sueña que teje cosas bonitas y le dan ganas de hacerlas. Ella asegura que cuando teje no copia a otros artesanos, pero, sí toma ideas. Sus hijas la molestan diciendo que le gusta hacer siempre el mismo tipo de cosas, pero ella argumenta que cada pieza es diferente, aunque tenga preferencia por ciertos colores y figuras. Su gama de colores incluye guinda, negro y beige y, aunque la animan a cambiar de vez en cuando, siempre regresa a los mismos tonos sin soltar el beige que es uno de sus básicos.

Las Mendoza tejen con hilos finos desde hace mucho tiempo, ya que la tía María en los años setenta, visitó el Museo Nacional de Antropología en México y vio unas fajas tejidas con hilos más delgados de los que normalmente utilizaban en el pueblo. Es por ello que a partir de entonces se fueron perfeccionando en la técnica del hilo fino. Hacen bolsas de cuarta, fajas chicas, fajas grandes, morrales, monederos, mochilas y demás piezas que responden no solo al seguimiento de una tradición sino a las demandas del mercado actual. Han aprendido a combinar sus textiles con otros materiales como piel confeccionando bolsas o tiempo después comenzaron a hacer las famosas mochilas de telar que se convirtieron en un boom artesanal.

Aunque pareciera un oficio estructurado y bien pensado, aporta gran libertad. Muchas veces no saben qué van a hacer hasta que se sientan a hacerlo; en ocasiones, pueden tejer en compañía de gran actividad y barullo y otras no. Las pulseritas son, por ejemplo, más automáticas, pues como comenta Abigail, las hacen con extrema destreza y cadencia sin importar lo que sucede alrededor. En cambio, cuando se trata de un diseño nuevo, les gusta estar solas, para concentrarse. Si les dan opiniones o ideas se distraen e interrumpen el proceso, por tanto, cuando esto se detecta, se deja sola a la tejedora con su telar para que haga lo que quiera.

Hace unos meses, Abigail tejió un nacimiento para un concurso. Ella comenzó dibujando y cada que intentaba empezar a tejer, no lo conseguía. Pasó el tiempo y fue a hasta un día antes de la entrega que logró comenzarlo. Lo hizo todo de un jalón, pero como era una pieza nueva y complicada tuvo que concentrarse e inspirarse muy bien para que le saliera.  –Tenía muy mal carácter–, aseguran sus familiares.

Por el contrario, Doña Tacha, no dibuja nunca, recurre a su imaginación, lo visualiza y va tejiendo poco a poco. Ella prefiere hacerlo despacio, porque la presión de que tenga el tiempo encima la inquieta y la pone nerviosa.

El buen humor es parte importante del tejido porque los hilos sienten y, si perciben lo contrario pueden enredarse o negarse a cumplir un diseño. De ahí la repercusión de las emociones que son como otros hilos en la pieza. Si al finalizar, se sienten orgullosas de su trabajo juzgando como bonitas y bien hechas sus piezas, no hay duda de que ahí quedó también el cariño y el amor. En cambio, si están de malas, saben que difícilmente saldrá el tejido. Cuando ello sucede, es mejor detenerlo todo y regresar una vez que encuentren suficientes ganas. Con los encargos sucede distinto, ahí se involucra la emoción de ambas partes, la buena o mala conexión y de ahí que el tejido fluya o rehuse salir. En cada intento, se habla al telar y a los instrumentos para que trabajen bien.

Hilos de algodón teñidos naturalmente o no, e hilos de otros materiales, han sido utilizados desde siempre. Se sabe que rojo y guinda son colores que primaban en los textiles antiguos y que la tonalidad se adquiría con el uso de la cochinilla.  Anteriormente los hilos se hacían en la comunidad. Se cuenta que cuando la gente comenzó a tejer eran pocos y se reunían en un mismo lugar en la comunidad con posteriores viajes a otros sitios para vender su producto. Principalmente salían las mujeres y tomaban tres direcciones: Tlacolula, Oaxaca y Guatemala. Cuando marchaban con rumbo a este último, viajaban con una recua de asnos y mientras abandonaban el pueblo se tocaban las campanas. Digamos que los despedían anticipadamente por si algo pasaba en el camino y no lograban volver con vida. En ese tiempo, María señala que se trataba de puro arriero, caminos cerrados, accesos difíciles.

Seguimos sentadas en el patio, el sol arrecia, Tacha se desata para enredar su avance y volver a ceñirse, guarda la misma postura mientras que las demás hemos virado cruces de piernas y posiciones. El sol calienta nuestras cabezas y con  ello crece la duda de si el telar y las fajas vinieron de otros lados. Entonces interviene María:

Yo creo que estaba desde antes en nuestras tierras y aunque digan que nos viene de Guatemala más bien nosotros lo llevamos para allá. Hay muchos dimes y diretes, todos tendrán algo de verdad. Es parte de cómo una realidad se va convirtiendo y transformando. A diferencia de Teotitlán, donde se sabe que el telar llegó con la conquista, en Jalieza queda la duda. Antes de que hubiera mercado, las mujeres se juntaban a tejer y cuando llegaban los turistas se escondían porque no hablaban español y les daba pena hablar. Ahora, por el contrario, ya casi nadie habla zapoteco.

Tejer es el común denominador que se comparte al ser gente de Jalieza, por ello aseguran: “Lo hacemos todos en la comunidad, pero no todos lo hacen fuera de ella.”

Un cristo fajado: El Señor de Lázaro en Tutla

Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir.

(Juan 11:43)

¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz como Lázaro espera
que le diga «Levántate y anda»!

Gustavo Adolfo Béquer

No hay duda de que el domingo es un buen día cuando se quiere visitar una Iglesia. Se da por sentado que las puertas estarán abiertas de par en par y que alguien estará allí dispuesto a contestar cualquier duda. Sin embargo, no siempre ocurre así. Debido a los sismos acontecidos en México el pasado septiembre de 2017, la iglesia de Tutla, como muchas otras en el estado de Oaxaca, se encuentra cerrada en espera de ser reparada. Los daños no son tan alarmantes, pero de cualquier modo no está permitido realizar misas dentro, motivo por el cual se ha improvisado una capilla donde se llevan a cabo los oficios litúrgicos. Por tanto, la imagen del Cristo que portaba la faja no nos quedaba a la vista. No obstante, me dirigí con las autoridades en turno de la agencia municipal quienes muy amablemente abrieron el templo permitiendo contemplar la imagen unos minutos.  

El pueblo de San Francisco Tutla se encuentra a tan solo veinte minutos de la capital del estado y su organización político-social, al igual que la de Santo Tomás Jalieza, se basa en “sistemas normativos internos” antes llamados “usos y costumbres” por tanto, las autoridades políticas tienen injerencia en asuntos religiosos y viceversa.

Un Jesucristo crucificado con el título del Señor de Lázaro se venera en dicha localidad. Bien colgado en el nicho más grande del lado izquierdo de la nave de la iglesia y tras un vidrio, descansa (si así pudiera decirse) pendiendo acompañando de flores, adornos y una tela blanca que cuelga de la cruz dibujada con motivos varios. Sorprende la presencia de una delgada tira tejida que rodea el torso a la altura del pecho donde, seguida de una greca intercalada con minúsculas estrellas se lee de frente:  SR. DE LAZARO RESTAURACION 2017, una leyenda labrada con una combinación de hilos guindas, beiges y verdes.

Sin ser el santo patrón del pueblo, el Cristo de Lázaro o Señor de Lázaro como se le llama indistintamente, es sumamente socorrido, se le pide por la sanación, por los enfermos y la salud en general. Representa la Resurrección de Lázaro de Betania y cuenta con dos festejos anuales en Tutla. Uno se lleva a cabo los primeros días de enero en torno al festejo del “Dulce Nombre”, cuando la imagen es trasladada al altar mayor y, el otro, el domingo posterior a la celebración de quinto viernes de cuaresma, donde sale a recorrer el pueblo acompañando al Nazareno y a la Virgen de la Soledad.

Milagroso, seguido por fieles tutleños y devotos de otras partes de Oaxaca, está imagen turna cada año de un mayordomo o mayordoma encargado de los festejos arriba mencionados. De igual manera cuenta con un custodio de sus bienes personificado en quien ocupa el cargo de tesorero de la agencia, que ahora también resguarda la faja original. La imagen del Cristo que es venerado responde, como en infinidad de iglesias, a la del crucificado. Sin embargo, aunque está postrado en la cruz, representa al Jesús que durante su vida pública hizo el del milagro de resurrección a Lázaro. Aquel momento en que, después de varios días, Jesús lo llama del sepulcro y al salir es desatado de vendas y sudarios para seguir viviendo. Irónica resulta entonces la atadura de este Cristo con un objeto único: la faja.

Replicando un tejido tradicional de más de 150 años de antigüedad

JOSÉ M. LÓPEZ 22 DE SEPTIEMBRE DE 1863 rezaba la faja que, una tarde de diciembre, Tacha sostuvo entre sus manos accediendo a replicar. No sabía en lo que se metía, pero ver la greca indescifrable que contenía esa faja, motivó el “sí” que concediera como respuesta a las personas provenientes de Tutla.

Resulta ser que, en el año de 2017, la mayordoma del Señor de Lázaro quiso regalar una faja nueva al Cristo en señal de su compromiso. La imagen había sido recientemente restaurada y, por tanto, se pensó que la faja también podía ser reemplazada por una nueva a fin de conservar la original en un buen estado. Fue así que, el entonces alcalde de Tutla encomendó a Gabriela Antonio Alonso, habitante de la agencia, que tenía familia en la localidad de Jalieza, para ayudar a contactar a las artesanas adecuadas para hacer el trabajo que la mayordoma quería pagar. Se sabía que aquella faja antigua provenía de dicho pueblo y que hoy en día se seguían tejiendo fajas de ese estilo. A mediados de diciembre la gente de Tutla visitó Jalieza en búsqueda de la mejor tejedora para replicar la pieza y fue así que encontraron el taller de las Mendoza.

Desde el primer momento hubo algo sobre lo que todas las Mendoza repararon, una greca que reconocían nunca haber bordado en ese taller y tampoco haber visto tejida en otros talleres del pueblo hasta donde su memoria llegaba. De entrada, les pareció muy difícil lograr aquel cometido por dos grandes razones planteadas nada más entrar. La primera, el poco tiempo que les daban para realizar el trabajo (una semana) y segundo que se trataba de un diseño que no conocían y debían aprender a hacer.

Pero ello no fue suficientemente fuerte como para repercutir en su decisión.  Cuando les preguntaron quién podría hacer la pieza, entre todas concordaron que, de hacer el trabajo, sin duda le correspondería a Tacha por ser la gran depositaria del tejido que se apega a lo tradicional; mientras Vero y las demás hijas apoyarían con la cuenta de hilos, posibles dibujos, acabados y otros menesteres que implicara la labor. Tacha como si tragara grandes madejas, se detuvo un momento para después acceder cumplir con la encomienda aceptando de viva voz el compromiso con los mayordomos en tiempo y forma. Hoy confiesa que el reto, al mismo tiempo que le emocionaba significó un gran empeño de su parte. Ver la faja le provocaba sentimientos encontrados, miedo de no poder lograrlo y ánimo por querere intentarlo.  Pidió fuerzas al Señor de Lázaro y se consagró de lleno en la labor. Pasó las primeras horas sin quitar la mirada de aquella faja antigua hecha con hilos finos y brillantes.

Se cree que el señor que hizo la faja original fue de Jalieza y que se llamaba José María López como lo graba la pieza. Su nombre está allí y, aunque también puede ser que él la haya donado y por eso se puso su nombre, resulta una hipótesis poco probable porque se sabe que solamente quien teje algo pone su nombre. Parece ser que algunos de los descendientes del finado José María vivían en Tutla y que por eso la faja llegó allí como obsequio, pero indiscutiblemente la tira fue confeccionada en Jalieza con la técnica empleada en el pueblo desde siempre, pues la greca contenida, aunque nunca antes la habían visto en esa forma, se parece a las que tejen actualmente. Llama la atención la fecha inscrita porque no se acostumbra poner cualquier fecha sino, la fecha de cuando algo es elaborado. Esto deja de manifiesto dos aspectos interesantes: tanto la antigüedad de más de 150 años de la pieza como la presencia de un diseño de greca entonces empleado y, cuyo uso fue descontinuado o reemplazado sin dejar aparente registro.

En términos de la materia prima utilizada, Abigail asegura que el hilo es muy fino, una especie entre seda y algodón, un hilo difícil de tejer por ser resbaladizo que hace que la faja tenga una textura suave y liviana a la vez. Algo que llamó su atención fue el brillo y la ausencia de desgaste en el color, ya que se siguen viendo a la perfección los tonos: verde, vino y beige.

Doña Tacha recuerda haber rescatado hace unos años el diseño de una mujer que va al campo con su bebé perteneciente a un textil viejo y que ahora incluyen de nueva cuenta en sus diseños. Orgullosa de sus diseños, desenvuelve una larga cinta muestrario en tonalidades rosa pálido y azul donde tiene plasmadas casi todas las figuras que teje en sus textiles a modo de acordeón tejido en contra del olvido. En ella hay todo tipo de figuras, como insectos, flores, representaciones de gente. Algunas de las figuras antropomorfas hacen o portan algo, como por ejemplo la mujer que va al campo para darle agua a los hombres, o la que va cargando un bebé. Hay diferencias entre cómo van vestidas unas de otras, una viste ropas adornadas mientras la otra tiene un vestido más sencillo, lo que habla de distintos momentos y actividades de la cotidianidad de Jalieza.

Muchos diseños rememoran mitos como el de la sirena, que fue traído por los españoles y que se incluye frecuentemente en muchas fajas, otros incluyen águilas bicéfalas o granadas que se encuentran también dentro de la iconografía de la iglesia del pueblo. Las fajas contienen referencias de tiempo atrás y de la actualidad; iconografías tradicionales y creaciones recientes. Aunque en ocasiones, algunos de los significados se van olvidando y solo se puede decir de ellos que forman parte de la tradición, no deja de ser relevante que sigan jugando un rol dentro de la cultura textil de Jalieza.  

Replicar aquella faja supuso, desde el principio, gran interés para las Mendoza en términos de la temporalidad, el tipo de hilos utilizados y el patrón gráfico de una greca olvidada.  Sin duda, el reto era grande si añadimos que la faja original no mostraba ningún error. A la vista saltaba la destreza del tal José María, aspecto que se instaló como una inspiración y oportunidad para Doña Tacha de poder mostrar su gran habilidad como artesana de los hilos.

Las autoridades de Tutla otorgaron un permiso especial para que la faja se quedara en el taller de las Mendoza mientras se tejía la réplica y una semana después, cumplido el plazo acordado para la entrega, la mayordoma volvió por su encargo. Tacha trabajó sin descanso mientras en su mente solo cruzaba la idea de poder ganar el compromiso adquirido. Muy dentro sabía que se trataba de algo bueno para confeccionar a pesar de la pericia requerida y el tiempo limitado.  Después de una ardua semana de trabajo, la entregó. A unos meses de sellada la misión, Tacha repara en que haber ganado la pieza la hizo sentir muy bien. Dicho trabajo le tocó el corazón porque el telar, también acerca a sentir. La semana posterior a la entrega, Tacha no pudo ni caminar, su cuerpo estaba molido, pero lo había conseguido.

Labrando memorias en piedras y urdimbres

Mientras conversamos, los hilos que combina Tacha con pases y movimientos rítmicos se convierten rápidamente en atados diseños. Se ha quedado ausente porque también ata los hilos de su cabeza. Suelta el peine y dice que ahora que lo piensa, la greca de la faja es muy parecida a la que hay en la piedra de la letra, uno de tres petroglifos que pertenecen a la comunidad.

Si pensamos en el segundo posible significado de Jalieza “jalar la tierra”, parece que algo debió de pasar para que sus habitantes jalaran la tierra, en sentido metafórico, y se mudaran a la parte del valle donde está asentada la comunidad actual. Se sabe que antes, vivieron a pie de monte cerca de una cuenca donde corrían dos ríos, en el paraje conocido como el Mangalito. Allí, entre hierba verde, mora una piedra grabada rodeada de cerros que la miran. A la par que caminamos para acercarnos a ella, Abigail me dice que la piedra siempre ha estado allí, cobijada por el azul intenso que juega a ser el cielo que protege tierras áridas. Ella, solía ir desde pequeña con sus compañeros de escuela y marcaban con gises de colores las figuras que veían en relieve mientras les eran narradas historias de encantos y lugares de riquezas que se esconden debajo. Nos cuenta que en varias ocasiones han intentado retirar la piedra para llevarla al pueblo, pero lejos de lograrlo, la piedra se entierra más. Al lado hay otras dos donde borrosamente se pueden ver grabados más sencillos que al parecen representan la constelación de Orión.

“La piedra de la letra” como se le nombra, muestra grabados en tres superficies y de acuerdo con levantamientos llevadas a cabo por arqueólogos  del INAH-Oaxaca en 2015, se trata de una piedra labrada que data del periodo Post Clásico (1200-1521 d.C.), época final de las ciudades-estado que se distinguen por la presencia de cacicazgos justo antes de la conquista española.  Una de las tres caras de la piedra deja ver una especie de serpiente o anguila con aletas en forma ascendente y otra, una flor o estrella; ambos, motivos que podrían estar relacionados al diseño presente en la faja de 1863.

Sin contar con datos que me permitan ahondar en el contexto cultural de aquella piedra que debe ser entendida como objeto multivocálico relacionado a distintos campos socioculturales, la razón de recurrir a ella para explicar la existencia de un diseño que forma parte de los bordados, resulta relevante en términos de cómo un pueblo legitima, a través de un objeto, la autenticidad e identidad textil de la que son portadores. En términos de patrimonio, dicha piedra funge como un recurso que, acompañado de la oralidad, sustenta la identidad de un pueblo de tejedores.  

La etnografía como método para hilar más fino

Una faja contiene, amarra, soporta, ata. Generalmente se coloca a la mitad del cuerpo marcando así una especie de ecuador que rodea la cintura a veces con una o con varias vueltas. Suele llevarse encima de otras prendas y básicamente sirve de adorno. Las fajas son parte de la indumentaria tradicional tanto de hombres como de mujeres en muchos pueblos indígenas de México y, en el caso presentado constituye un textil que rodea la imagen de un cristo crucificado.  

Se trata, en ambos casos, de una prenda que envuelve y en las culturas de México “el acto de envolver” que implica giros, direcciones o cuentas específicas se encuentra en expresiones que no solamente son manifiestas en la vestimenta, sino también en la culinaria, la ritualidad y sucesos que forman parte importante de una cultura dada. Con ello me refiero a la variedad de técnicas empleadas para hacer y envolver tamales, las maneras en que se reparten los alimentos en una celebración, las formas de envolver a un recién nacido, a la parturienta durante la cuarentena o a un muerto, los giros de un gallo al aire cuando se hace una cura de espanto o las vueltas que se dan en círculo para que las limpias resulten efectivas.

Es evidente que la cultura se manifiesta de muchas maneras y una muy importante es a través de las formas de vestir, lo que decidimos es digno de ser vestido. Aunado a ello están las diversas técnicas, materiales y demás recursos empleados para obtener una prenda. Vestir es envolver el cuerpo y forma parte fundamental de ritualidades cotidianas y festivas. Por ello, la faja de Jalieza forma parte de una cultura material que evidencia el uso, creación y producción de una pieza que envuelve no solo cinturas y cristos, sino la ideología de ser y pertenecer a un pueblo de tejedores que a través de distintas generaciones dinamiza, a ritmos propios los objetos de su cultura.

Como mencioné en un principio, el texto presentado es un primer acercamiento por atender y documentar un hecho de relevancia para dos localidades oaxaqueñas y que nace como una iniciativa de registro desde las mismas, ya que, para ambas otorga, de distinto modo, un sentimiento identitario que emana de una particular relación entre cultura-objeto y territorio. En el caso de Jalieza, la recuperación de una greca a partir de la réplica de la faja y su posible relación con la piedra grabada y con ello la liga a una cosmovisión y ritualidad compartida entre los zapotecos de los Valles Centrales evoca interesantes contenidos simbólicos que sustentan y legitiman una larga tradición textil para este pueblo de tejedores. Por su parte, para los pobladores de Tutla, la presencia de larga data de un objeto tejido que forma parte de la imagen más importante dentro de su iglesia, expresa también la continuidad de un culto que, a través de generaciones, se mantiene dinámico entre sus pobladores.

Dicho lo anterior, este embrionario recuento busca sentar un pequeño antecedente útil para un próximo estudio a profundidad que contemple la importancia de la restauración de la pieza original permitiendo con ello, que otros elementos culturalmente relevantes salgan a la luz y nutran la historia de las localidades involucradas.

La antropología, como disciplina encargada de detallar, a través de la etnografía la multiplicidad de relaciones que entabla el ser humano en su paso por hacer cultura permite, como el proceso de cualquier textil artesanal ir, paso a paso tejiendo hilos en el cuidadoso camino de creación de conocimiento. El trabajo etnográfico requiere desde pensar los hilos y urdir pacientemente hasta imaginar distintas maneras de contar realidades sociales que forman las tramas inconclusas de un país tan diverso culturalmente como México.  

Labrar minuciosamente, dando cabida a las múltiples voces que existen para lograr un tejido histórico que contemple la memoria de los más posibles es la labor que a los antropólogos nos convierte también en artesanos. Unos implicados en dar una imagen más apegada a la realidad de las distintas configuraciones culturales existentes ofreciendo al mismo tiempo, investigaciones que puedan estar, al servicio de las mismas.

Autor

María del Carmen Castillo Cisneros, Doctora en Antropología Social por la Universidad de Barcelona y profesora investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Desde 2001 trabaja con pueblos indígenas en el estado de Oaxaca, destacando su labor etnográfica con pueblos tacuates, mixes, mixtecos y zapotecos. Su tesis de doctorado sobre ritualidad mixe, recibió el Premio Fray Bernardino de Sahagún 2015. Actualmente, coordina el equipo Oaxaca del Programa Nacional de Etnografía de las Regiones Indígenas de México, dirige Cuadernos del sur, revista de ciencia sociales  y preside el Consejo Consultivo de la Escuela de Ciencias Sociales de la UDLAP. Maravillada por las manifestaciones de una diversidad cultural que la rebasa e intenta conocer, sentó, desde 2003, su morada en la ciudad de Oaxaca, donde intercala los días entre antropología, escritura y cocina, tres musas que cada día se entretejen más en su vida. Sigue de cerca el tema de plagios textiles y realizó el dictamen antropológico sobre la blusa de Tlahuitoltepec.

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