Papel y pasión para recordar a los muertos

Alonso Pérez Fragua

7 September 2018

Sonrientes y ataviados con las mejores ropas que los artesanos les pudieron confeccionar, estos “gringos” observan atentos a los visitantes que, en su mayoría, jamás han escuchado sobre ellos, a pesar de que es difícil escapar a su legado por estos lares.

Flacas y elegantes, las calaveras de cartonería de William y Mary Jenkins dan la bienvenida a las personas que se asoman a la ofrenda que la Capilla del Arte les dedica en esa temporada de Día de Muertos de 2015. El espacio cultural, administrado por la Universidad de las Américas Puebla (UDLAP), participa así en la segunda edición de Corredor de ofrendas, iniciativa del gobierno municipal que este año decidió celebrar a personajes importantes de la historia de Puebla, ciudad mexicana ubicada a poco más de 100 kilómetros de la capital del país.

Ignacio Zaragoza, el célebre general que guio al ejército mexicano a la victoria en la batalla contra los franceses en esta ciudad el 5 de mayo de 1862, así como Fray Julián Garcés y Juan de Palafox y Mendoza, dos de los jerarcas católicos con mayor peso en la historia de la llamada Angelópolis, son algunas de las 10 figuras a las que el mismo número de recintos, privados y públicos, dedican sus ofrendas en esta ocasión como parte del Corredor.

En México, la tradición de las ofrendas del Día de Muertos es tan diversa como el país mismo. Cada región y estado la vive de una manera diferente, si bien la idea general permanece: recordar y celebrar a los que ya no están; crear un vínculo entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Con sus 25 metros cuadrados y más de 150 piezas de papel y una decena de objetos que le pertenecieron al matrimonio Jenkins, la ofrenda montada en Capilla del Arte fue, a decir de los propios visitantes, una de las más atractivas y completas de todo el Corredor.

Y cómo no impresionarse con el trabajo de José de Jesús Hernández y Libia Murillo, los maestros artesanos que dieron vida a la historia de un personaje tan complejo como William Oscar Jenkins, uno de los más acaudalados e importantes empresarios de México durante la primera mitad del siglo XX. Compuesta por un altar de tres pisos de más de tres metros de altura total que hacía alusión a la Santísima Trinidad católica, Jenkins estaba ahí, en todos y cada uno de los elementos que atrapaban la vista. Desde su nacimiento en Tennessee, Estados Unidos, y su migración hacia el vecino país del sur en los albores del siglo pasado, hasta su muerte a causa de un infarto, representado por un listón rojo que conectaba el corazón de su figura de cartón con el brazo. Y aunque a algunos se les habrá escapado el simbolismo, un elemento que irremediablemente sacaba una sonrisa a todas las personas que reparaban en él, era el par de tenis que pendía al lado de las figuras centrales del montaje, pues, como todo buen mexicano sabe, cuando nos llega la hora, es momento de “colgar los tenis”.

“No solo fue una ofrenda a un personaje histórico”, recuerda Libia tres años después de invertir casi cien días en la elaboración de esta obra monumental, sino la oportunidad de “palpar su obra dentro de la ciudad y ver todo lo que hizo en el tiempo que estuvo aquí, entre nosotros”. Como sucede con estos menesteres, la maestría no es suficiente para lograr buenos resultados. Por ello, antes de poner manos a la obra, los artesanos investigaron en sitios electrónicos, archivos hemerográficos y con las personas que conocieron a los difuntos. Así, descubrieron por ejemplo que William disfrutaba de una partida de ajedrez con su yerno y de un buen encuentro de tenis en el club que ayudó a fundar, que cada mañana bebía leche recién ordeñada en su granja en las afueras de Puebla -hoy convertida en centro comercial- y que su lechero le llevaba hasta el corazón de la ciudad. Descubrieron también sus inicios en la industria textil, desde vendedor de calcetines que transportaba en una carreta, hasta todo un magnate del ramo y luego también de la industria cinematográfica mexicana y del negocio del azúcar. Todo esto, así como su apoyo a misiones católicas, a la Cruz Roja y a instituciones educativas como la propia UDLAP y el Colegio Americano de Puebla, aparecían a través de figuras de papel, fotografías impresas en gran formato, pendones u objetos que le pertenecieron al que, en vida, fue dueño del edificio art nouveau que sirvió como la primera tienda departamental de Puebla y que décadas después se transformaría en sede del espacio cultural universitario que albergó su ofrenda ese 2015.

A excepción de aquellos curiosos de la historia o aquellas personas cuyos familiares trabajaron para él directamente o en la fundación de beneficencia que lleva el nombre de Mary, la mayoría de los visitantes conocieron sobre los Jenkins luego de escuchar la explicación de la guía o al echar un vistazo a las cédulas que incluían el diagrama de toda la ofrenda con las referencias y significados de los objetos dispuestos en medio de ese carnaval de cartonería y de ese mar de más de 300 flores de papel. Además de mantener viva la tradición de Día de Muertos, de esta forma Capilla del Arte acercó al público a la historia de su ciudad y país. Lo acercó también al trabajo de cartonería que pocas veces se muestra en espacios expositivos institucionales. Este apoyo a la artesanía local estuvo reforzado por las obras de arte que compartieron espacio con la ofrenda.

Antes de que el olfato percibiera el aroma de la flor de cempasúchil y del copal, antes de que la mirada fuera estimulada por el papel picado multicolor o por los floreros que representaban a los hijos y los jarritos de barro que hacían lo propio con los nietos, antes de que los recuerdos afloraran en la memoria al ver la máquina de escribir mecánica y los sombreros que le pertenecieron al homenajeado y que su familia prestó para la ocasión, los visitantes descubrían las piezas de la exposición Arte/Sano ÷ Artistas 3.0 las cuales reforzaban el valor y respeto a la meticulosa labor artesanal de Murillo y Hernández.

Toda ofrenda debe ser un símbolo de la vida de las personas a las que se les dedica, pero también un puente con sus familias, considera Libia. “Fue conmovedor ver a los nietos y al hijo que aún le quedaba vivo en ese momento mientras contemplaban la ofrenda y decían sin dudar ‘ahí está la vida de mis abuelos, de mis papás'”.

Autor

Alonso Pérez Fragua es gestor y periodista cultural mexicano. Fue responsable de Exposiciones de la alcaldía de Puebla, periodo en el que estuvo a cargo de Picasso, la estela infinita, muestra que incluyó obra original de Pablo Picasso. Previamente coordinó Capilla del Arte, espacio donde estuvo en contacto con exposiciones provenientes de instituciones mexicanas como el Museo de Arte Moderno (MAM), el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) de la UNAM y el Museo Tamayo, así como con muestras provenientes del extranjero. Actualmente colabora con el portal informativo Lado B y realiza una investigación sobre producciones audiovisuales distribuidas a través de plataformas digitales como Netflix, esto como parte de la maestría que cursa en Estudios Culturales de la Universidad Paul Valéry de Montpellier, Francia.

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